Librería Las Iriarte: un lugar de encuentro

El sitio Somos arraigo entrevistó a María y Ricardo, de Las Iriarte, una librería y regalería que invita a acercarse y quedarse en San Antonio de Areco. Una historia particular de un oficio a cuidar en nuestro país. Compartimos la entrevista.

Fotos: Lulú Magdalena

María y Ricardo se apuran en abrir las cajas que llegaron de Buenos Aires. Felices y ansiosos, como cuando le llega una encomienda de comida y regalos a una chica o a un chico que estudia a cientos de kilómetros de su casa. María y Ricardo abren esas cajas llenas de libros, se los acercan a su nariz, pasan las hojas rápido con el dedo pulgar para sentir el olor a tinta impregnada en el papel y, por último, deslizan sus dedos sobre los relieves de las tapas, impresas con tintas especiales.
El tiempo parece suspenderse en la librería de la calle San Martín, esquina Belgrano, en San Antonio de Areco. En ese local de vidrieras amplias, de mesas abarrotadas de libros, de bibliotecas de colores también atiborradas de libros, ordenados por autores, por editoriales, por temáticas: desde Lanús de Sergio Olguín hasta la Divina Comedia de Dante Alighieri, de Vigilar y Castigar de Foucault hasta el último libro de Rolón. En esa librería Las Iriarte la única que sobrevive en el pueblo, la única que hay en varios kilómetros a la redonda, todo eso sucede.

Todas las semanas, María y Ricardo se apuran en abrir las cajas que llegan de Buenos Aires para ordenar las novedades. Ellos tienen una librería que nació de un profundo amor a los libros: trabajan de lo que aman, están orgullosos de ser libreros en tiempos donde todo pasa por la pantalla de un celular, en plena crisis de la industria editorial: en Argentina, durante 2018, se imprimieron 18 millones de libros menos que hace dos años. Sin embargo, ellos siguen apostando al libro. Esta es la historia de Las Iriarte, un lugar de encuentro.
A los 18 años, como la mayoría de los chicos y chicas de pueblos dejan sus casas para irse a estudiar, María y Ricardo dejaron San Antonio de Areco y arrancaron para Buenos Aires. Ricardo empezó la carrera de contador, luego pasó por abogacía, un poco por veterinaria pero nada lo terminaba de seducir. A María le pasó lo mismo cuando decidió empezar psicología. Los dos encontraron su pasión a los treinta y pico: él hizo diseño en indumentaria, ella Bellas Artes. Ricardo consiguió trabajo como diseñador en una empresa textil, escaló hasta gerente, hasta que en 2005 quedó desocupado. “Fue muy difícil ese momento. Con 40 años quedarme sin trabajo fue durísimo. Empecé a buscar por todos lados un empleo, y encontré que necesitaban una persona para ocupar el cargo de gerente en una distribuidora de libros. El requisito era que no tuviera conocimiento en el rubro del libro, luego de varias entrevistas, quedé”, dice Ricardo sentado en su librería.

Ahí no solo aprendió el oficio de librero sino también el hábito de leer. Ricardo pasó su infancia en el campo y con acceso casi nulo a los libros, “salvo en las estancias donde estaban los patrones, que había libros gauchescos”, cuenta. En cambio, María empezó a leer desde muy chica: “Tuve problemas de salud que me llevaron a estar períodos largos internada, entonces todos me regalaban libros, y así empecé”, recuerda.
A Ricardo le empezaron a apasionar los libros, el objeto como algo atesorable. En su nuevo trabajo aprendía las necesidades de los libreros del interior del país, tomaba contacto con ellos, disfrutaba de escuchar esas experiencias, diseñaba plenarios y charlas en las librerías de los pueblos de la provincias. Hasta que el trabajo lo agobió y decidieron volver a San Antonio de Areco. “María tenía un local muy pequeño con su hermana donde vendían sus piezas que hacían en cerámica. Habíamos puesto un tablón con algunos libros infantiles. De a poco empezamos a traer libros por encargue, asesorar a los clientes que se acercaban, eso fue creciendo en boca a boca y cada vez teníamos más personas que venían en busca de libros. El cliente armó la librería. Tenemos un poco de cada cosa. La remamos todos los días”, dice.

A María y Ricardo les da mucha alegría cuando llegan turistas y se emocionan al encontrar un libro inhallable en sus ciudades. O cuando pasan horas y horas recorriendo los estantes, perdidos entre letras. La alegría es inmensa cuando vuelven entusiasmados en busca de otro título de algún autor que ellos le han recomendado. Ven como un desafío poder inculcarle algún chico el hábito de la lectura, entonces se toman el tiempo para charlar con ellos y poder seducirlos con algo que a ellos les apasiona, que empiecen a leer algo “fácil” para lograr un nuevo lector, la puerta de entrada a la mágica sensación de abrir un libro y perderse entre sus páginas.

“Es un trabajo duro poder mantener una librería, el margen de ganancia es muy pequeño. Si la sostenemos es por la alegría de estar en contacto con los libros, como un objeto precioso, tocar las tapas, olerlos. Cuando entran las novedades tenemos que estudiar para saber de qué se tratan para poder luego aconsejar a los clientes. En televisión lo único que miro son programas culturales”, cuenta María.
A ninguno de los dos les gusta “despachar” a los clientes. Se toman el trabajo como un desafío, saben que tienen en sus manos una responsabilidad muy grande: ser una puerta de entrada y permanencia en el mágico mundo de la lectura. Sueñan con una librería con mesas donde beber café y té, con lectores que pasen sus tardes allí, leyendo y mirando la gente pasar por las callecitas de Areco.

A pesar de la amenaza digital, Ricardo y María no titubean en afirmar que el libro jamás morirá. “Siempre habrá algún lector que necesite esto”, dicen, mientras recorren con sus ojos el espacio que han sabido construir con amor y dedicación por lo que hacen.

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